Suegra reprogramada

T

ras unas largas semanas desde aquella espectacular sesión, mi suegra Verónica y sus hijas habían quedado completamente bajo mi control. Desde aquel día, Verónica inició una rigurosa transformación a través de la hipnosis. Me dediqué a reforzar en ella la necesidad de ser hipnotizada. Fue sorprendentemente fácil.

Solo tenía que ayudarla a eliminar el cigarrillo de su vida, y para lograrlo “debía” ser hipnotizada para sentirse mejor. Una vez en trance, aprovechaba para profundizar mi control, ganarme su confianza absoluta y sembrar en su mente la idea de que yo era el hombre que siempre había soñado tener.

Poco a poco, en el fondo de su inconsciente, comenzó a sentir deseo hacia mí. Buscaría excusas para verme, y mi presencia la haría sentirse feliz, cómoda, tranquila y segura.

Todo esto con la intención de llevarla, con el tiempo, más allá de los límites que aún tenía.

Pasaron ya dos largas semanas. Tres veces por semana la hipnotizaba en persona para reforzar mi dominio, y los días que no iba, le dejaba un audio que debía escuchar religiosamente antes de dormir.

Aquella tarde venía en mi moto hacia mi casa cuando recibí una llamada. Toqué el intercomunicador del casco para contestar.

Cinco minutos después toqué el timbre. Verónica abrió la puerta casi de inmediato.

Caminé hacia el sofá y me senté, relajado, mientras mi mente ya planeaba hasta dónde podría llevarla hoy.

Verónica tenía un jean de cuero negro super ajustado que marcaba sus curvas operadas, una blusa blanca ajustada y sandalias de cuña alta negras que dejaban ver sus pies perfectamente cuidados. Olía delicioso, a jabón fresco y perfume suave. Se notaba que acababa de salir de la ducha.

Mientras tomaba el café, Verónica se sentó a mi lado, cruzando las piernas. La sandalia de cuña se balanceó ligeramente, rozando su talón con cada pequeño movimiento.

Volteé a mirarla fijamente a los ojos. Con mi mano tomé suavemente su barbilla y giré su rostro hacia mí.

Verónica sonrió un poco y parpadeó, mirándome fijo sin resistirse.

Chasqueé mis dedos. Verónica parpadeó tres veces, como si acabara de aterrizar. Todo lo que le había dicho se convirtió en su verdad.

Necesitaba control sobre ella en cualquier lugar y momento. Así que implanté un comando más: cada vez que me mirara a los ojos caería en un ligero trance donde todo lo que le ordenara lo haría sin pensarlo, creyendo que era su propia idea.

Me coloqué de pie delante de ella. Verónica, sentada en el sofá, miró hacia arriba y dijo con una sonrisa:

Joder… esas palabras pusieron mi pene duro como roca.

Verónica ya estaba perfectamente acondicionada para caer en trance con solo una orden, pero quería verla rendirse lentamente, saborear cada segundo de su entrega.

Saqué el reloj de bolsillo y lo sostuve frente a sus ojos, balanceándolo con movimientos suaves y precisos.

Ella sonrió ligeramente, parpadeó una vez y, casi sin darse cuenta, clavó su mirada en el reloj. Una palabra apenas audible escapó de sus labios antes de quedar completamente absorta:

Sus párpados ya comenzaban a aletear. Le costaba mantenerlos abiertos. Su rostro adquirió una expresión casi poética, completamente perdida en el vaivén del reloj.

Los ojos de Verónica rodaron hacia arriba hasta quedar completamente en blanco. Todo su cuerpo se desplomó de golpe, como si le hubieran cortado los hilos que la sostenían. Cayó hacia atrás contra el sofá con un suspiro profundo y pesado, boca entreabierta, respirando con fuerza a través de los labios. Sus pechos subían y bajaban con movimientos amplios y automáticos bajo la blusa blanca.

Me acerqué y jugué un poco con su cuerpo. Levanté una de sus manos y la solté; cayó pesada e inerte sobre su regazo. Tomé uno de sus pies, aún calzado con la sandalia de cuña alta negra, y lo levanté ligeramente. Los dedos se deslizaron suavemente dentro del calzado, la suela rozando mi palma. Estaba completamente laxa, sin resistencia alguna.

Era momento de comenzar…

Comencé con la primera prueba: tocar su cuerpo. Mis manos rozaban cada rincón de ella: sus piernas, sus pechos, incluso toqué su entrepierna… Verónica estaba totalmente desconectada. No sentía absolutamente nada. No mostraba ningún signo de rechazo o incomodidad alguna.

Me sentí extasiado. Mi pene palpitaba debajo del pantalón. Dediqué algunos minutos a reforzar mi control sobre ella y a implantarle gatillos nuevos para poder jugar un poco más cuando despertara.

Le dejé implantada la sensación de alivio y satisfacción profunda cada vez que era hipnotizada, y hice que su necesidad de fumar desapareciera por completo.

Pero implantaría un nuevo método para cambiar su comportamiento y su forma de tomar decisiones.

Yo le llamo “El Lago”.

Verónica parecía confundida. Nunca le había hecho una pregunta de esa forma y no sabía cómo responder.

Ella estuvo de acuerdo.

Entonces, muy despacio, me acerqué a su oído y susurré:

Quería ver este cambio en ella antes de comenzar a jugar con ella.

Verónica se reincorporó un poco, con una expresión feliz.

Veronica se desplomo de nuevo cayendo en un trance totalmente profundo, coloco los ojos en blanco antes de desplomarse.

Era tan delicioso jamas me canso de ver como caen bajo mi control sin resistencia.

Tenía semanas reforzando este cambio y hoy por fin lo había concretado. Era hora de ver si las otras sugerencias que le implanté esta semana habían dado sus frutos.

Mi corazón latía con fuerza. Intentaría tener sexo con mi suegra. Durante esta semana y a través del audio, implanté la idea de que yo le gustaba, que yo era el tipo de hombre que siempre soñó tener. Que sentía una fuerte conexión y atracción por mí en secreto, y que fantaseaba conmigo a solas.

Mi suegra se comportó más complaciente, más feliz al verme. Usaba sandalias para mí cada vez que sabía que me vería, lo que me indicaba que, inconscientemente, estaba siguiendo mis instrucciones.

Iré poco a poco… necesito hacer una prueba.

Verónica tardó unos segundos y respondió:

Verónica no reaccionó de ninguna forma extraña. Tampoco abrió los ojos indignada. Solo tardó un poco y luego respondió:

Quedé totalmente sorprendido. Mi pene estaba duro como una roca.

Me acerqué a su oído para poder hablarle y que entendiera mucho mejor. También quería invadir su espacio un poco.

Mi mente trabajaba frenéticamente, buscando las palabras adecuadas.

Verónica asintió con la cabeza mientras decía que sí…

Ya había conseguido que aceptara y dijera que sí tres veces.

Volví a su oído y, con una voz más grave, dije:

Asintió.

Verónica suspiró profundamente y asintió. Parecía excitada.

Estaba excitadísimo. Y ella era evidente que también. Me relamía solo de pensar en lo que iba a pasar.

Ella abrió los ojos de golpe, justo como antes, y carraspeó. Se llevó las manos a las sienes y se las masajeó.

No dije nada y esperé a que se serenara. Entonces me miró.

Ella puso cara de paciencia.

Al oír esas palabras, Verónica de pronto se sintió full excitada y se sonrojó un poco.

La miré triunfante. Lo había vuelto a conseguir. Verónica no recordaba lo que hacíamos en sesiones pasadas. Jamás recordó algo que haya hecho hipnotizada antes. Me dio un escalofrío. Aquello era, simplemente, asombroso. El poder de sugestión que había demostrado tener su subconsciente me dejaba pasmado.

Asentí. Por ahora no había necesidad de más. Se levantó y fue al baño, se lavó la cara. Luego fue a la cocina y bebió un poco de agua.

Verónica puso cara de no haber entendido.

Al oír esa palabra, el rostro de Verónica se volvió totalmente inexpresivo. Estaba bajo mi control de nuevo.

Esta vez no andaría con rodeos. Le daría órdenes directas.

Automáticamente se colocó de pie y comenzó a retirar su ropa. Mientras lo hacía, yo ya estaba desabrochando mi pantalón, totalmente extasiado.

Me puse cómodo en el sofá y desde ahí le di su nueva orden… pero antes me detuve a observarla. Estaba totalmente desnuda, solo había dejado puestas sus sandalias de cuña alta. Se veía exquisita.

De nuevo de forma mecánica, sin resistencia alguna, se arrodilló. La tenía ahí delante de mí: tetas al aire, mirada inexpresiva, mi pene a tan pocos centímetros de su rostro.

Al terminar la frase se lanzó de inmediato a chupármela. Le di una última orden:

Verónica comenzó a chupar y chupar. Cada cinco mamadas se detenía para decir su mantra:

Duró un buen rato así hasta que me cansé. Le di una nueva orden:

Verónica quedó ahí, esperando su nueva instrucción con los ojos en blanco.

Verónica volvió a la normalidad. Seguido de ello tomó mi pene con su mano y comenzó a hacerme una paja mientras continuaba hablando.

Verónica continuaba masturbándome sin darse cuenta de que lo hacía. Eso me ponía muchísimo más duro.

Verónica se colocó de pie. Acto seguido se sentó encima de mí, tomó mi pene con su mano y lo guió suavemente dentro de ella.

Al entrar por completo sentí lo húmeda que estaba…

Verónica comenzó a moverse y a repetir sus mantras una y otra vez mientras follábamos:

Aff… solo admiré y disfruté de todo. Llegué al clímax y acabé dentro de ella. Se sintió muy bien… mi suegra está buenísima.

Verónica se vistió nuevamente y se sentó en el sofá. Me detuve a admirar todo lo que había pasado. Nada la sacaba del trance en el que estaba. Era fascinante.

Tomé su cara por la mejilla, haciendo que me mirase.

Al mirar mis ojos, Verónica abrió los suyos por completo. Había caído en trance.

Verónica espabiló nuevamente y soltó su teléfono.

Salí de su casa, no sin antes revisar la cámara que instalé en su habitación. Quería ver qué pasaba cuando no estaba…

Verónica entró a su cuarto desesperada buscando su juguete. Se quitó la ropa y comenzó a masturbarse y jugar con su vagina mientras miraba mis fotos.

CONTINUARÁ