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ras unas largas semanas desde aquella espectacular sesión, mi suegra Verónica y sus hijas habían quedado completamente bajo mi control. Desde aquel día, Verónica inició una rigurosa transformación a través de la hipnosis. Me dediqué a reforzar en ella la necesidad de ser hipnotizada. Fue sorprendentemente fácil.Solo tenía que ayudarla a eliminar el cigarrillo de su vida, y para lograrlo “debía” ser hipnotizada para sentirse mejor. Una vez en trance, aprovechaba para profundizar mi control, ganarme su confianza absoluta y sembrar en su mente la idea de que yo era el hombre que siempre había soñado tener.
Poco a poco, en el fondo de su inconsciente, comenzó a sentir deseo hacia mí. Buscaría excusas para verme, y mi presencia la haría sentirse feliz, cómoda, tranquila y segura.
Todo esto con la intención de llevarla, con el tiempo, más allá de los límites que aún tenía.
Pasaron ya dos largas semanas. Tres veces por semana la hipnotizaba en persona para reforzar mi dominio, y los días que no iba, le dejaba un audio que debía escuchar religiosamente antes de dormir.
Aquella tarde venía en mi moto hacia mi casa cuando recibí una llamada. Toqué el intercomunicador del casco para contestar.
—¿Hola? Sí, ¿quién habla? Estoy conduciendo.
—Oh, hola yerno… disculpa que te moleste —la voz de Verónica sonaba ligeramente ansiosa—. Acabo de llegar del gym y no he podido dejar de pensar en fumar… siento que voy a recaer. ¿Podrías ayudarme? Creo que un poco de hipnosis bastaría… siempre me siento mucho mejor después.
—Oh, vale, suegra. No se preocupe. Estoy a cinco minutos de su casa. Puedo pasar sin problemas, no me tomará mucho tiempo.
—¡Sí! Gracias, gracias… en serio. Prepararé un poco de café y galletas para cuando llegues.
—Perfecto, señora. Nos vemos.
Cinco minutos después toqué el timbre. Verónica abrió la puerta casi de inmediato.
—Oh, llegaste. Pasa, pasa… ponte cómodo, ya conoces el lugar. Siéntate.
Caminé hacia el sofá y me senté, relajado, mientras mi mente ya planeaba hasta dónde podría llevarla hoy.
—Toma, aquí tienes un poco de café. Espero que te guste.
Verónica tenía un jean de cuero negro super ajustado que marcaba sus curvas operadas, una blusa blanca ajustada y sandalias de cuña alta negras que dejaban ver sus pies perfectamente cuidados. Olía delicioso, a jabón fresco y perfume suave. Se notaba que acababa de salir de la ducha.

Mientras tomaba el café, Verónica se sentó a mi lado, cruzando las piernas. La sandalia de cuña se balanceó ligeramente, rozando su talón con cada pequeño movimiento.

—Sabes… me gusta que vengas. Disfruto mucho nuestras sesiones y nuestras charlas. Me has ayudado bastante y estoy muy agradecida. También ayudas a mis hijas y eso me agrada.
—Oh, no se preocupe, señora. Es un placer. Me gusta lo que hago y lo disfruto mucho, la verdad.
—Oh sí, se nota que has estudiado. Sabes, ayer escuché el audio que me diste y hay algo curioso… sé que existe dicho audio, pero no logro recordar lo que dice. Recuerdo despertar muy bien y feliz, pero solo eso.
—Oh sí, es normal. Muy normal olvidar.
Volteé a mirarla fijamente a los ojos. Con mi mano tomé suavemente su barbilla y giré su rostro hacia mí.
—Mírame a los ojos, Verónica.
Verónica sonrió un poco y parpadeó, mirándome fijo sin resistirse.
—Es muy normal olvidar.
—Necesitas olvidar… —dije con voz baja y firme.
—Necesito olvidar… —repitió ella de forma automática, casi sin pensar.

Chasqueé mis dedos. Verónica parpadeó tres veces, como si acabara de aterrizar. Todo lo que le había dicho se convirtió en su verdad.
—Aunque, siéndote sincera… no me preocupa olvidar. A veces siento que necesito olvidar… me hace sentir mucho mejor.
Necesitaba control sobre ella en cualquier lugar y momento. Así que implanté un comando más: cada vez que me mirara a los ojos caería en un ligero trance donde todo lo que le ordenara lo haría sin pensarlo, creyendo que era su propia idea.
—Muy bien. Para comenzar, necesito que estés cómoda.
Me coloqué de pie delante de ella. Verónica, sentada en el sofá, miró hacia arriba y dijo con una sonrisa:
—Ok… soy tuya. ¿Comenzamos?
Joder… esas palabras pusieron mi pene duro como roca.
Verónica ya estaba perfectamente acondicionada para caer en trance con solo una orden, pero quería verla rendirse lentamente, saborear cada segundo de su entrega.
Saqué el reloj de bolsillo y lo sostuve frente a sus ojos, balanceándolo con movimientos suaves y precisos.
—Quiero que te enfoques en mi reloj, Verónica.
Ella sonrió ligeramente, parpadeó una vez y, casi sin darse cuenta, clavó su mirada en el reloj. Una palabra apenas audible escapó de sus labios antes de quedar completamente absorta:
—Ok…
—Contaré del 1 al 10… y cuando llegue al diez, vas a caer profundamente hipnotizada.
—Diez…
—Nueve… tus párpados se sienten pesados, Verónica.
—Ocho… necesitas descansar.
—Siete… entre más profundo vas, mejor te sientes.
Sus párpados ya comenzaban a aletear. Le costaba mantenerlos abiertos. Su rostro adquirió una expresión casi poética, completamente perdida en el vaivén del reloj.
—Seis… tienes mucho sueño.
—Cinco… necesitas dormir.
—Cuatro… ir más profundo.
—Tres… pensar es muy agotador para ti.
—Dos… solo deja tu mente en blanco.
—Uno… ¡Duerme!
Los ojos de Verónica rodaron hacia arriba hasta quedar completamente en blanco. Todo su cuerpo se desplomó de golpe, como si le hubieran cortado los hilos que la sostenían. Cayó hacia atrás contra el sofá con un suspiro profundo y pesado, boca entreabierta, respirando con fuerza a través de los labios. Sus pechos subían y bajaban con movimientos amplios y automáticos bajo la blusa blanca.

Me acerqué y jugué un poco con su cuerpo. Levanté una de sus manos y la solté; cayó pesada e inerte sobre su regazo. Tomé uno de sus pies, aún calzado con la sandalia de cuña alta negra, y lo levanté ligeramente. Los dedos se deslizaron suavemente dentro del calzado, la suela rozando mi palma. Estaba completamente laxa, sin resistencia alguna.
Era momento de comenzar…
Comencé con la primera prueba: tocar su cuerpo. Mis manos rozaban cada rincón de ella: sus piernas, sus pechos, incluso toqué su entrepierna… Verónica estaba totalmente desconectada. No sentía absolutamente nada. No mostraba ningún signo de rechazo o incomodidad alguna.
Me sentí extasiado. Mi pene palpitaba debajo del pantalón. Dediqué algunos minutos a reforzar mi control sobre ella y a implantarle gatillos nuevos para poder jugar un poco más cuando despertara.
Le dejé implantada la sensación de alivio y satisfacción profunda cada vez que era hipnotizada, y hice que su necesidad de fumar desapareciera por completo.
Pero implantaría un nuevo método para cambiar su comportamiento y su forma de tomar decisiones.
Yo le llamo “El Lago”.
—Muy bien, Verónica. Ahora quiero que imagines un gran lago… uno muy hermoso. Tiene árboles y flores de tus colores favoritos. Es un lugar totalmente mágico y especial. Te hace sentir muy bien.
—¿Ves una puerta blanca en medio del lago, justo encima de una gran roca? ¿Ves la puerta blanca?
—Al otro lado de la puerta ha quedado tu yo racional —le dije—. Mírala.
—Ella es tu lado racional y consciente —le expliqué—. Y no puede entrar aquí. El lago es tu santuario. Nunca debes dejar que entre. Repítelo.
—Nunca debo dejar que entre… —repitió apenas audible. Sus ojos, aunque cerrados, mostraban un blanco puro y brillante. Se veía totalmente excitante.
—Jamás —insistí—. Es muy importante.
—Jamás… —confirmó Verónica.
—Ahora escúchame bien —dije con voz firme mientras la presionaba un poco con mis manos—. En este lago flotan todas tus ideas y pensamientos más profundos. Tus recuerdos, tus anhelos, tus instintos. También tus miedos y tus inseguridades. Está todo aquí mezclado, porque todo este lago es tuyo.
—Fíjate en lo profundo y ancho que es. Eso es porque eres una persona profunda y complicada. Y eso está bien.
—Quiero que imagines mi voz como lluvia que cae sobre tu lago —le pedí—. ¿Sientes la lluvia?
—Sí… —respondió Verónica apenas audible.
—Esas pequeñas gotas no amenazan el lago que es tu mente —le aseguré—. Lo complementan, le dan más vida y más color. No debes temer a esa pequeña y agradable lluvia.
—¿Temes la lluvia que cae sobre tu lago?
—No… se siente muy bien. Me gusta…
—Nada malo puede venir de la lluvia. La lluvia es claridad. Sin esa lluvia no hay lago.
—Nada malo puede venir de la lluvia… —repitió Verónica apenas audible.
—Ahora, Verónica, quiero que me respondas con total claridad… ¿qué opinas de la hipnosis?
Verónica parecía confundida. Nunca le había hecho una pregunta de esa forma y no sabía cómo responder.
—Busca en el lago tus pensamientos sobre la hipnosis —le dije con voz suave—. Búscalos.
—¿Los has encontrado?
—Sí…
—Buena chica —la felicité—. ¿Y qué te dicen esos pensamientos?
—Son confusos… no recuerdo nada, pero me ayuda con mi vicio… —dijo Verónica.
—¿Los tienes entre tus manos, ese pensamiento?
—Son pensamientos confusos —confirmé—. Tienes que dejar que la lluvia los aclare.
Ella estuvo de acuerdo.
—¿Ya están bajo la lluvia?
—No…
—Escucha a la lluvia, entonces —le ordené—. Deja que aclare tus pensamientos.
Entonces, muy despacio, me acerqué a su oído y susurré:
—La hipnosis es buena. La hipnosis te gusta. La hipnosis es agradable. La hipnosis te hace sentir llena de energía. Sin la hipnosis no podrías superar tus vicios, no podrías nadar por el lago, ni esta agradable lluvia caería sobre ti.
—Ahora ya puedes volver a introducir tus pensamientos en el lago —le dije.
—Vuelve a escucharlos —le pedí—. ¿Siguen siendo confusos?
—No… ahora están claros —afirmó.
—Deja marchar ese pensamiento —le pedí—. Deja que vuelva a su lugar, que se mezcle con todo lo demás. Que vuelva a formar parte del todo.
Quería ver este cambio en ella antes de comenzar a jugar con ella.
—Muy bien, Verónica. Ahora quiero que cruces la puerta que está en el lago… pero una vez que la cruces, todos los recuerdos de este lago quedan total y absolutamente bloqueados. Tu mente consciente no podrá recordarlo jamás.
—Uno… dos… tres. ¡Despierta!
Verónica se reincorporó un poco, con una expresión feliz.
—Oh… me siento estupenda.
—Sí, todo está marchando como se debe. Has avanzado muy bien en tus sesiones, Verónica. Cuéntame… ¿qué piensas de la hipnosis?
—Pues siento que la hipnosis es lo mejor que ha llegado a mi vida. Desde aquella vez que me hipnotizaste y comenzamos a hacer sesiones, siento que he mejorado muchísimo. Siento que sin la hipnosis no podría ser capaz de superar mi vicio. Además, también le he tomado un fuerte apego a ser hipnotizada… me hace sentir muy bien y me relaja. El no tener que pensar me hace sentir muy bien.

Duerme! – Dije al mismo tiemp oque chasquee mis dedos.
Veronica se desplomo de nuevo cayendo en un trance totalmente profundo, coloco los ojos en blanco antes de desplomarse.
Era tan delicioso jamas me canso de ver como caen bajo mi control sin resistencia.

Tenía semanas reforzando este cambio y hoy por fin lo había concretado. Era hora de ver si las otras sugerencias que le implanté esta semana habían dado sus frutos.
Mi corazón latía con fuerza. Intentaría tener sexo con mi suegra. Durante esta semana y a través del audio, implanté la idea de que yo le gustaba, que yo era el tipo de hombre que siempre soñó tener. Que sentía una fuerte conexión y atracción por mí en secreto, y que fantaseaba conmigo a solas.
Mi suegra se comportó más complaciente, más feliz al verme. Usaba sandalias para mí cada vez que sabía que me vería, lo que me indicaba que, inconscientemente, estaba siguiendo mis instrucciones.
Iré poco a poco… necesito hacer una prueba.
—Muy bien, Verónica. Necesito que busques una nueva sensación por mí dentro del lago de tus pensamientos…
—Quiero que me busques a mí —le ordené.
—Una vez que tengas ese pensamiento en tus manos, quiero que me digas si es un pensamiento pequeño o grande.
Verónica tardó unos segundos y respondió:
—Mediano… no es tan grande…
—Quiero que te sumerjas en ese pensamiento y busques dentro de él. Quiero que busques qué sientes por mí.
Verónica no reaccionó de ninguna forma extraña. Tampoco abrió los ojos indignada. Solo tardó un poco y luego respondió:
—Siento mucho cariño y respeto… confío muchísimo en ti… me siento extraña cuando estoy contigo…
—¿Extraña? ¿En qué sentido lo dices?
—Me excita un poco saber que tienes control sobre mí… —dijo Verónica.
Quedé totalmente sorprendido. Mi pene estaba duro como una roca.
—Muy bien, Verónica. Ahora lleva eso que piensas sobre mí bajo la lluvia. Vamos a aclararlo.
—Claro… me gustaría mucho…
—Pon el pensamiento bajo la lluvia —ordené—. Deja que lo aclare del todo.
Me acerqué a su oído para poder hablarle y que entendiera mucho mejor. También quería invadir su espacio un poco.
—Muy bien, Verónica. Tú y yo tenemos un vínculo. Es un vínculo que nos une y nos hace compartirlo todo. No es algo que se pueda ver, pero sabemos que está ahí. Es un vínculo que se va reforzando cada vez un poco más. Cada vez más, de forma inevitable.
Mi mente trabajaba frenéticamente, buscando las palabras adecuadas.
—¿No te da la impresión de que ese vínculo es más fuerte cuando demostramos nuestros sentimientos el uno por el otro?
—Sí… —respondió Verónica ligeramente.
—¿No es el sexo una forma de demostrar esos sentimientos? —sugerí—. ¿No es una de las muchas formas de demostrar esos sentimientos?
—Creo… que… sí… —respondió a duras penas, con un poco de pausa.
—Y los vínculos son especialmente fuertes cuando demostramos esos sentimientos. Tan fuertes, que incluso eres capaz de sentir lo que siente el otro, ¿no te parece?
Verónica asintió con la cabeza mientras decía que sí…
Ya había conseguido que aceptara y dijera que sí tres veces.
Volví a su oído y, con una voz más grave, dije:
—Así que mientras tengamos sexo, me estás demostrando esos sentimientos con muchísima fuerza. Me demuestras que confías muchísimo en mí. Es una demostración completa de lo que sientes. Lo sabes.
—Lo sé… —afirmó ella.
—Y durante ese momento, nuestro vínculo es más fuerte que nunca —proseguí—. No hay ninguna otra situación que provoque una conexión tan profunda. Es una conexión completa. Sabes que es así.
—Cuanto más placer me das, más fuerte es el vínculo, y cuanto más fuerte es el vínculo, más comparto mis sentimientos y sensaciones contigo, y cuanto más comparto mi placer, más placer sientes tú. ¿No es cierto?
—Sí… —esta vez respondió un poco excitada.
—Cuanto más placer me das, más placer sientes tú. ¿No es eso?
Asintió.
—Repítelo —le ordené.
—Cuanto más placer te doy, más placer siento… —repitió.
—Y sabes cuánto placer me da que estés bajo mi control y hagas lo que te ordeno, ¿verdad?
—Un placer muy intenso y, además, una conexión que casi se desborda —proseguí—. Un placer que tú también eres capaz de sentir. ¿No es cierto? ¿No es cuando me obedeces que sientes el placer más intenso?
Verónica suspiró profundamente y asintió. Parecía excitada.
—¿No tienes unas ganas de sentir ese placer?
—Sí…
—¿No sientes por todo tu cuerpo la necesidad de tener sexo y obedecer?
—Sí… —respondió ella mientras respiraba entrecortadamente.
—Ahora ya puedes volver a dejar el pensamiento en su sitio —le dije—. No lo dejes donde sea, déjalo en su sitio.
—Ya está en su sitio… —me informó.
—Ya está claro ese pensamiento. Ahora, cada vez que busques ese sentimiento o pensamiento sobre mí, sabrás que todo lo que te dije aflora y sentirás todo eso.
—Ahora ve a la puerta blanca. Contaré hasta el tres y atravesarás la puerta. Una vez lo hagas, vas a despertar, Verónica… pero todo recuerdo de este lago se queda en tu subconsciente. Tu mente consciente no recuerda el lago —ordené.
Estaba excitadísimo. Y ella era evidente que también. Me relamía solo de pensar en lo que iba a pasar.
—Recuerda que debes dejarlo todo atrás —le recordé—. Uno… dos… tres. ¡Despierta!
Ella abrió los ojos de golpe, justo como antes, y carraspeó. Se llevó las manos a las sienes y se las masajeó.
—Wow… qué pesado siento mi cuerpo de pies a cabeza… —se quejó con los ojos cerrados con fuerza.
No dije nada y esperé a que se serenara. Entonces me miró.
—Bueno… ¿creo que ya me hipnotizaste? Hace un segundo estaba hablando y ahora… aff, no recuerdo… solo abrí los ojos.
—Señora, ¿puedo hacerle una pregunta? —interrumpí, cambiando un poco el tema.
—Sí, dime con confianza. ¿Cuál es tu pregunta?
—¿Qué opinas de mí? Siempre tuve esa curiosidad… Y de todo esto que hacemos con la hipnosis para ayudarte con tu adicción al cigarrillo… nos hemos visto muchas veces para las sesiones. ¿No cree que eso sea raro?
Ella puso cara de paciencia.
—Bueno, pues la verdad… no te conocía bien. Solo sé que mi hija salía contigo, te vi un par de veces y no me caías bien. Pero ahora que te conocí me he dado cuenta de que estaba equivocada. Eres un gran chico y un hombre excelente. Estoy muy feliz de que estés con mi hija… hasta siento un poco de envidia, jajaja.
—Y sobre la hipnosis… está claro que necesitaba ayuda para dejarlo —sentenció ella—. Y me parece que puede ser muy beneficioso… pero tienes que hipnotizarme más seguido, porque siento que se ha vuelto mi nuevo vicio, ¿eh?
—Jajaja, con gusto. No tengo problema con eso, señora. Y me alegra que tengamos este vínculo tan fuerte.
Al oír esas palabras, Verónica de pronto se sintió full excitada y se sonrojó un poco.
—Ehh… este… sí… tenemos un vínculo muy bonito. Me gusta eso. Desde que me hipnotizas me he abierto contigo… te he contado mis cosas personales. Eres la única persona con la que hago eso. Me he desnudado mentalmente contigo y de alguna manera me siento bien haciéndolo.
La miré triunfante. Lo había vuelto a conseguir. Verónica no recordaba lo que hacíamos en sesiones pasadas. Jamás recordó algo que haya hecho hipnotizada antes. Me dio un escalofrío. Aquello era, simplemente, asombroso. El poder de sugestión que había demostrado tener su subconsciente me dejaba pasmado.
—Basta de hipnosis, ¿vale? —me pidió ella—. Me va a estallar la cabeza. Necesito ir al baño un segundo.
Asentí. Por ahora no había necesidad de más. Se levantó y fue al baño, se lavó la cara. Luego fue a la cocina y bebió un poco de agua.
—Mucho mejor —dijo con una sonrisa cuando volvió a entrar en la sala.
—Bueno, ¿y qué te apetece hacer? —le pregunté.
—No lo sé… ¿tienes hambre? Puedo cocinar algo si quieres.
—No, así estoy bien, gracias. Prefiero seguir jugando un poco más contigo.
Verónica puso cara de no haber entendido.
—¿Jugando?
—Blanco —dije con firmeza.
Al oír esa palabra, el rostro de Verónica se volvió totalmente inexpresivo. Estaba bajo mi control de nuevo.
Esta vez no andaría con rodeos. Le daría órdenes directas.
—Muy bien, Verónica. Quiero que te desnudes para mí ahora.
—Sí… Amo… —respondió de manera mecánica.
Automáticamente se colocó de pie y comenzó a retirar su ropa. Mientras lo hacía, yo ya estaba desabrochando mi pantalón, totalmente extasiado.
Me puse cómodo en el sofá y desde ahí le di su nueva orden… pero antes me detuve a observarla. Estaba totalmente desnuda, solo había dejado puestas sus sandalias de cuña alta. Se veía exquisita.
—Ahora, Verónica, quiero que te arrodilles en medio de mis piernas. ¡Ahora!
—Sí… Amo…
De nuevo de forma mecánica, sin resistencia alguna, se arrodilló. La tenía ahí delante de mí: tetas al aire, mirada inexpresiva, mi pene a tan pocos centímetros de su rostro.
—Ahora quiero que hagas sexo oral, Verónica. Mientras lo haces vas a tener orgasmos tras orgasmos. Lo disfrutas mucho darme placer.
—Sí… Amo…
Al terminar la frase se lanzó de inmediato a chupármela. Le di una última orden:
—Mientras lo chupas, mantén tus ojos en blanco. Chupa mi pene cinco veces y luego dirás “Estoy bajo tu control”.
Verónica comenzó a chupar y chupar. Cada cinco mamadas se detenía para decir su mantra:
—Estoy bajo tu control…
Duró un buen rato así hasta que me cansé. Le di una nueva orden:
—¡Detente!
Verónica quedó ahí, esperando su nueva instrucción con los ojos en blanco.
—En un momento vas a despertar, pero no vas a ser consciente de que estás desnuda ni de que yo lo estoy. ¿Entiendes?
—Sí… Amo…
—Mientras hablas conmigo con naturalidad, me estarás masturbando sin darte cuenta. Tampoco te parecerá extraño que estés de rodillas… solo lo ignoras y charlas conmigo.
—Uno… dos… tres. ¡Despierta!
Verónica volvió a la normalidad. Seguido de ello tomó mi pene con su mano y comenzó a hacerme una paja mientras continuaba hablando.
—¿Por qué habías dicho que te divertirías conmigo? No entendí por qué lo decías.
—Oh, nada… solo iba a hipnotizarte y hacer que olvidaras tu nombre, ya sabes, para molestarte, jejeje.
Verónica continuaba masturbándome sin darse cuenta de que lo hacía. Eso me ponía muchísimo más duro.
—Oh, ya entiendo, jajaja. A veces me pregunto qué cosas raras me pondrás a hacer estando hipnotizada.
—No, no, no… jamás haría eso. Soy un profesional. No me gusta usar la hipnosis para divertirme.
—Ohh, entiendo, entiendo… y…
—Blanco —corté lo que ella iba a decir. La interrumpí y la devolví a su trance obediente.
—Ahora, Verónica, quiero que vengas aquí, te subas encima de mí e introduzcas mi pene dentro de ti.
—Sí… Amo…
Verónica se colocó de pie. Acto seguido se sentó encima de mí, tomó mi pene con su mano y lo guió suavemente dentro de ella.
Al entrar por completo sentí lo húmeda que estaba…
—Ahora coloca tus ojos en blanco y vas a comenzar a subir y bajar mientras repites una y otra vez: “Me gusta olvidar”… “Mi mente te pertenece”.
Verónica comenzó a moverse y a repetir sus mantras una y otra vez mientras follábamos:
—Me gusta olvidar…
—Mi mente te pertenece…
—Me gusta olvidar…
—Mi mente te pertenece…
—Me gusta olvidar…
—Mi mente te pertenece…
Aff… solo admiré y disfruté de todo. Llegué al clímax y acabé dentro de ella. Se sintió muy bien… mi suegra está buenísima.
—Muy bien, Verónica. ¡Detente!
—Sí, Amo…
—Ahora quiero que vuelvas a vestirte y te sientes como estabas ahora.
—Sí… Amo…
Verónica se vistió nuevamente y se sentó en el sofá. Me detuve a admirar todo lo que había pasado. Nada la sacaba del trance en el que estaba. Era fascinante.
—Muy bien, Verónica. Cuando cuente hasta tres vas a despertar. Cuando yo me vaya, vas a sentir una fuerte necesidad por masturbarte y usar un juguete sexual… un pene de goma. Vas a estar tan excitada que necesitarás darte placer.
—Una vez que comiences a masturbarte, recordarás todo lo que acabamos de hacer aquí, pero estarás 100% convencida de que es solo algo que imaginaste tú… es una fantasía tuya. ¿Entiendes?
—Sí… Amo… es solo una fantasía mía todo lo que ocurrió aquí.
—Buena chica. Uno… dos… tres. ¡Despierta!
—Como te decía… sé que tu trabajo es profesional. Me he dado cuenta de ello. Has hecho un buen trabajo conmigo, me has ayudado muchísimo…
—Me encanta ayudarle. Sabe que disfruto hipnotizar… es lo que me apasiona.
—¡Se nota mucho!
—¿Y te quedarás a comer algo?
—No, gracias. Ya me tengo que ir. Ariana me escribió… debo ir a casa. Su hija se pondrá de mal humor si llego tarde.
—¡Oh! Sí, sí, lo siento, perdón. Si te molesté con hacerte venir… si quieres la llamo para que sepa que estabas aquí conmigo, ¿te parece?
Tomé su cara por la mejilla, haciendo que me mirase.
—Mírame, Verónica.
Al mirar mis ojos, Verónica abrió los suyos por completo. Había caído en trance.
—Tu hija no debe saber que estuve aquí.
—Mi hija no debe saber que estuviste aquí… —repitió ella.
—Seguirás mis instrucciones. Es nuestro secreto.
—Seguiré tus instrucciones… es nuestro secreto…
—Muy bien. Buena chica. ¡Despierta!
Verónica espabiló nuevamente y soltó su teléfono.
—¿Sabes qué? Será nuestro secreto. Es mejor que mi hija no sepa que hacemos sesiones privadas, ¿te parece?
—Me parece buena idea, señora… Bueno, la dejo. De seguro tiene mucho que hacer.
—Oh, sí, sí… este… tengo algo de trabajo…
—Bueno, hasta luego, Verónica. Nos veremos pronto…
Salí de su casa, no sin antes revisar la cámara que instalé en su habitación. Quería ver qué pasaba cuando no estaba…
Verónica entró a su cuarto desesperada buscando su juguete. Se quitó la ropa y comenzó a masturbarse y jugar con su vagina mientras miraba mis fotos.
—Así me gusta —la felicité mientras caminaba hacia mi moto—. Así me gusta.
CONTINUARÁ
